Obsolescencia de la modernidad

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Las alternativas no sobran: o el capitalismo norteamericano se reforma hasta tornarse racional, hecho que lo convertiría en una especie de socialismo, tan democrático que puede ser gobernado por un negro, una mujer, un aborigen o un hispano o, Estados Unidos le declara la guerra al mundo y lo obliga a renunciar a sus expectativas de mejoramiento, imponiéndole sacrificios para que norteamericanos y europeos sobrevivan y conserven sus sociedades de consumo. No hay plan B.

Desde diferentes ópticas, ángulos y motivaciones, Fidel Castro, Albert Gore y George Soros, entre otros, se han percatado del fenómeno más relevante del momento: ninguno de los grandes problemas de la sociedad contemporánea tienen solución al margen de los demás. La crisis del sistema no es parcial sino estructural y la escala es global.

La arquitectura política vigente, data del siglo XVIII, cuando fue instalada por las revoluciones de Estados Unidos y Francia y no se corresponde con las realidades actuales. En los últimos dos siglos todo ha cambiado, menos la estructura y las funciones del sistema político.

El liberalismo y la democracia que en su momento fueron respuestas al feudalismo y que, al liberar las fuerzas productivas e implantar la democracia parlamentaria, propiciaron la cohesión social y el desarrollo del modelo capitalista europeo y norteamericano que auspiciaron el crecimiento económico, el florecimiento de las ciencias, la tecnología, las artes y la cultura e hicieron posibles el bienestar y el confort propios de la sociedades de consumo, parece agotado.

Los procesos históricos que condujeron a la situación actual comenzaron cuando hechos casuales alteraron el devenir histórico, el más importante fue el descubrimiento de América. Los lucros derivados del saqueo del Nuevo Mundo y luego de Asia y Africa, unidos a la revolución tecnológica propiciada por la introducción del liberalismo en la economía, impulsaron el desarrollo capitalista pero también lo deformaron con un crecimiento explosivo, desigual y no basado en el desarrollo de las fuerzas productivas propias, sino en el robo y la actitud depredadora frente a la naturaleza.

Tanto por su carácter estructural como por su escala global, la crisis que hace peligrar incluso a la especie humana, apenas puede ser precariamente administrada. El sistema y el planeta no colapsan porque todos los problemas no afectan a la vez a los principales escenarios y porque quedan reservas que, de ser movilizadas a tiempo, pudieran actuar como paliativos. A eso se reducen los márgenes.

La capacidad del sistema y de sus modelos para sobrevivir se limita considerablemente porque sus defensas fueron improvisadas para actuar contra lo que originalmente parecieron amenazas externas y, a fin de cuentas, son expresión de su propio desarrollo. Al percibir al socialismo como el enemigo y demonizarlo hasta el infinito, el capitalismo anuló su capacidad para auto perfeccionarse.

El fondo del problema fue anticipado por Carlos Marx cuando comprendió que el capitalismo, como antes había ocurrido con otras formaciones económicas y sociales, llegaría a un punto en que él mismo, desde dentro, con naturalidad y sin mayores traumas, evolucionaría hacía formas de organización social y de convivencia superiores. No ocurrió así porque los hombres y sus mezquindades, la codicia y las ansias de poder, mutilaron el sistema, lo castraron, bloquearon sus defensas y lo hicieron vulnerable.

En ese proceso influyó extraordinariamente el vertiginoso e impresionante desarrollo económico y el atípico y dispendioso estilo de vida de los Estados Unidos, cuya opulencia anuló la opción reformista socialdemócrata de raíz marxista, que en Europa se planteó la tarea de conciliar la propiedad privada y la obtención de plusvalía con el “estado de bienestar” y que, aunque de modo precario por el auge neoliberal, mantiene mínimos de vigencia en el Viejo Continente.

Favorecido por circunstancias irrepetibles, el capitalismo norteamericano, que debió ser una excepción, en apenas 100 años se convirtió en un paradigma y en una fuerza que en 1898, compitiendo por Cuba, logró derrotar, no sólo a España sino a Europa, que la dejó sola, abocada a una guerra que no podía ganar.

Los resultados económicos, políticos y militares de la primera y segunda guerras mundiales, la dependencia creada por los Tratados de Versalles, la victoria aliada sobre el fascismo, la ocupación de Alemania, Japón y Corea del Sur y el plan Marshall entre otras acciones, crearon coyunturas extraordinariamente propicias para el engrandecimiento de los Estados Unidos, cuyo poder y prosperidad parecieron infinitos.

Nadie se percató sin embargo que para sostener el estilo de vida de Estados Unidos y Europa, se necesitaban todos los recursos naturales y todo el dinero del planeta que, en virtud a las propias reglas del sistema internacional, no están a disposición de los norteamericanos. No hay un planeta de repuesto ni manera de impedir que la India, China, Brasil, Indonesia, Irán e Irak, Venezuela y otros países, que agrupan a más de la mitad de la población mundial, aspiren a niveles de consumo y de solvencia que, al sumarse a los de americanos y europeos, se tornan insostenibles para el planeta e inmanejables para el sistema.

Todos hablan de lo obvio, de un modo que recuerda el cascabel y el gato: hay que cambiar. El problema es que los cambios no están relacionados con algún pequeño e indefenso país del Tercer Mundo, sino con los estilos de vida y los patrones de consumo de Estados Unidos y Europa. Habría además que modificar el sistema monetario internacional para suprimir la primacía del dólar, imponer una política de austeridad energética, a la vez que se elimina la pobreza, el hambre y el subdesarrollo.

Como mismo le ocurrió a los dinosaurios que por ser demasiado grandes y excesivamente, especializados, no pudieron evolucionar al ritmo necesario para sobrevivir, Estados Unidos, eslabón del que depende el sistema mundial del capitalismo en su conjunto, da muestras de incapacidad para cambiar al ritmo y con la profundidad que se requiere.

Las alternativas no sobran: o el capitalismo norteamericano se reforma hasta tornarse racional, hecho que lo convertiría en una especie de socialismo, tan democrático que puede ser gobernado por un negro, una mujer, un aborigen o un hispano o, Estados Unidos le declara la guerra al mundo y lo obliga a renunciar a sus expectativas de mejoramiento, imponiéndole sacrificios para que norteamericanos y europeos sobrevivan y conserven sus sociedades de consumo. No hay plan B.

El tema es largo. Luego les cuento.

Jorge Gomez Barata

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