La hora de la política en América Latina

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Disponer de mínimos de formación teórica permite a algunos analistas realizar enfoques globales e integrales de la coyuntura mundial y asumir puntos de vista optimistas, situación evidente en América Latina. Nunca antes los astros y las realidades fueron tan propicios para avanzar en la solución de los problemas endémicos que como abrumador lastre obstaculizaban el avance de los países de la región.

Al crecimiento sostenido de las principales economías latinoamericanas, la incorporación de tecnologías avanzadas, los progresos de las telecomunicaciones y los servicios, se suman los procesos políticos que, con un efecto dominó propician la llegada al poder de gobiernos populares encabezados por líderes que, en una época en que con la intención no basta, además de actuar de buena fe y ser más justos, son también eficientes.

Por disponer del Amazonas, la mayor floresta del planeta y otros importantes macizos verdes en México, Centroamérica y el Caribe, poseer los más extensos y caudalosos ríos que alimentan, entre otros al acuífero Guaraní que contiene el 30 por ciento del agua dulce del mundo, albergar la más rica biodiversidad, contar con litorales a los dos más grandes océanos, costas altas, profusión de bahías, puertos de aguas profundas, excelentes pesqueros, grandes glaciares, cadenas montañosas y extensas llanuras, América Latina no experimenta las tensiones y emergencias ecológicas que afectan a otras regiones.

La existencia de tierras fértiles, agua y pastos, la vigencia de todos los climas, predominando los más generosos, la cultura agrícola, la biodiversidad propia y la incorporación de cultivos, semillas y razas de aves y ganado de alta productividad, unidas a la capacidad para operar la maquinaria y las tecnologías agropecuarias avanzadas, a las capacidades en explotación para producir alimentos, América Latina suma inmensas posibilidades de desarrollo de la ramas agroalimentarias.

Con una población que no excede los límites sostenibles y una urbanización razonable, suficientes materias primas y energía, no sólo procedente de sus reservas de petróleo y gas, sino por un extraordinario potencial hidráulico, eólico y de biomasa, las perspectivas del desarrollo económico no pueden ser mejores.

A diferencia de Europa que se aproxima al tope de sus capacidades y de Africa que sólo las tiene de modo potencial, América Latina no es una región del pasado ni una que tenga que esperar por el futuro para vivir sus mejores momentos. Brasil, Argentina, México, Venezuela y Chile, para mencionar sólo las mayores economías, cuentan con un impresionante parque industrial capaz de producir prácticamente cuanto se necesita con materias primas y energía de la región e incluso exportar grandes excedentes.

Apreciada en su conjunto, la industria metal-mecánica, aeronáutica, automotriz y de construcción naval latinoamericana produce barcos, aviones, submarinos, locomotoras y vagones de ferrocarril, vehículos de todo tipo, y lo más importante, una industria pesada capaz de producir fábricas de fabricas.

A ello se suma una rama biotecnológica y médico farmacéutica eficiente y competitiva, en condiciones de fabricar medicamentos y reactivos de todas las generaciones y una industria ligera con capacidad para crear los tejidos y las confecciones necesarias para vestir y calzar a toda la población, el material escolar, los libros, los filmes, los implementos deportivos y los juguetes requeridos.

América Latina tiene también dinero. Sumadas las reservas monetarias de Brasil, Argentina, Chile, Venezuela y México y el resto de los países, arrojan cifras impresionantes que, bien utilizadas, pudieran deducir las deudas y financiar el desarrollo de la región y la lucha contra la pobreza.

Sin embargo tan ubérrimo entorno, no ha bastado para resolver los enormes problemas que confronta la región. No se trata sólo de los efectos de la conquista y la colonización, tampoco de la falta de talento y ni siquiera de presencia imperial, todo lo cual ha influido poderosamente.

Lo más importante son las deformaciones estructurales originadas por aquellos sucesos que dieron origen a un sistema político antediluviano, regido por oligarquías primitivas, avariciosas e incompetentes, impusieron criterios preindustriales acerca de la propiedad de la tierra y la distribución de la renta nacional y normas de convivencia que excluyen a veces completamente la justicia social.

Del conjunto de esas realidades y otras para las que no alcanza el espacio, emerge la tendencia socialista del nuevo liderazgo latinoamericano. No se trata ahora de un socialismo doctrinario o filosófico, sino de una tendencia a reparar el medio milenio de errores e injusticias que sólo pueden ser comprendidos y asumidos desde una perspectiva social.

No discuto que la hubo y que en el futuro, bajo otras regulaciones, pueda haber espacios y perspectivas, pero ahora, en América Latina, no es la hora del mercado ni de su mano invisible, ni la oportunidad para las transnacionales ni los grandes capitales privados, no se trata de lo que haya escrito Carlos Marx, sino de que lo dicta el sentido común.

Los hechos producen un resultado sorprendente. En momentos en que parece que el mundo pudiera prescindir de la política, en América Latina se torna el elemento decisivo.

Todo depende de ella, de los estados reestructurados, de los gobiernos populares, de las constituciones y las leyes apropiadas y de las actitudes consecuentes de los militantes, de la izquierda y de la clase obrera, del campesinado, la intelectualidad, el sector académico y el clero, de los jóvenes y de todo el pueblo que con eficaces mecanismo de participación e inclusión total, han de sumarse a la obra grande y de todos.

En algunos países es la hora de deponer o aplazar las controversias y ofrecer el apoyo realmente crítico y constructivo que requieren los procesos en marcha.

Ningún punto de vista filosófico y ninguna posición de clase o grupo, justifican actitudes que llevan agua al molino de la reacción, la oligarquía y el imperio. Es la hora de la política buena, de aquella que une, integra y cohesiona.

Hágase a la manera de cada cual pero hágase bien y a tiempo. No como Europa, sino mejor. Ayer fue temprano, mañana será tarde; la oportunidad es ahora.

Jorge Gómez Barata

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