
Osetia del Sur: De cántaros y fontanas


Para los imperialistas se mataban dos pájaros de un tiro: se desviaba la atención de unos Juegos Olímpicos que ni con el Dalai Lama pudieron sabotear y creaban una delicada situación geoestratégica en la frontera sur de Rusia.
Como ya se hace usual en los mandatos obsesos y estólidos, el asunto es lograr aunque sea una pizca de daño, sin tomar en cuenta las consecuencias de acciones militares en las que intervienen potencias nucleares.
Desde que el controvertido proyecto del Escudo Antimisil, desplegado contra Rusia, diera frutos con al instalación de dotaciones en la República Checa y Polonia y el incremento del discurso anti-ruso en los organismos internacionales, se avizoraban crudas tensiones en torno a la floreciente potencia.
Sin embargo, no me atrevería a asegurar que muchos analistas internacionales previeran una movida tan desatinada como la emprendida por Tiflis contra Tsjinvali, a pesar de las tropas rusas acantonadas allí como parte de una fuerza de paz subordinada a la Comunidad de Estados Independientes (CEI).
No obstante, las fuerzas militares georgianas bombardearon denodadamente la capital suroseta y atacaron con vigor al contingente ruso con el objetivo, según ellos, de "restablecer el orden constitucional" en una región que después de un referendo popular, en 1992, decidió mantenerse bajo jurisdicción rusa y se declaró independiente de Georgia después de más de un año de enfrentamientos armados con su vecino.
El saldo casi siempre es similar: casi dos mil civiles muertos y cien mil desplazados.
Lo curioso es que tres días después, el presidente georgiano, Mijail Shaakashvili, firmó una tregua unilateral en el conflicto, en un escenario de profunda preocupación de la Unión Europea (UE) por la contundente contraofensiva rusa que desplazó a los invasores y levantó asombros por su demostración de fuerza militar.
Si eso querían los georgianos o sus "asesores" estadounidenses que los usan desde hace años como carne de cañón en Iraq, pues lo lograron. Rusia, con un "simple" refuerzo de sus unidades de paz y una rápida operación de desarme, captura y limpieza de los últimos reductos enemigos, tomó el control de la capital suroseta y catalogó su operación como un debilitamiento del potencial militar georgiano que le impida, en el futuro, siquiera pensar en repetir su aventura bélica.
Asimismo, desde los primeros días del conflicto, la Marina de Guerra rusa impuso un bloqueo en el mar Negro y estableció una zona de exclusión, so pena de derribar o hundir cualquier medio que la violara; evidente alusión a los vuelos militares norteamericanos de traslado de soldados georgianos para y desde Iraq.
A pesar de los aires de paz que Rusia obligó a sustentar por parte del Alto Representante de la Unión Europea para la Política Exterior y Seguridad Común, Javier Solana, y el presidente de turno de la UE, el francés Nicolas Sarkozy, el discurso georgiano continúa siendo agresivo.
El ministro de Reintegración del país caucásico, Temuri Yakobashvili, sostuvo que la guerra no terminará hasta la salida del "último ocupante" ruso de Georgia —como si Osetia del Sur ya fuera parte de su territorio— y el mismo presidente Shaakashvili declaró la salida de su país de la CEI, además de exhortar a otras ex repúblicas soviéticas, como Ucrania, a dar el mismo paso. Como para recordarle el viejísimo adagio de que "el que empuja no se da golpes", pues a él todavía le duelen los suyos.
Evidentemente, todo respondió a la profundización del odio contra Rusia aventado por EE.UU. y al uso indiscriminado de la sed de poder de un georgiano occidentalizado que ha hecho suyo hasta los métodos de sus maestros norteños, pues después de la tregua, el mando ruso denunciaba que las acciones bélicas en el terreno continuaban.
A pesar de que el gobierno ruso ha negado querer deponer al gobierno georgiano, éstos continúan acusándolo y lo seguirán haciendo, mientras las tropas rusas continúen cantonadas en Osetia del Sur y Abjasia.
Esta última república, temiendo una extensión del conflicto, intentó desalojar a georgianos de la parte alta del desfiladero de Kodori, en los días en que las fuerzas de seguridad rusas desarticularon una red terrorista que pretendía perpetrar atentados en Moscú.
Aunque ya se han ido apagando los ecos de los últimos disparos, no se podría confiar en una paz duradera en una región en que los EE.UU., cada vez más debilitados interna y externamente, ha cifrado sus intereses con el apoyo de un gobierno que les es totalmente favorable. Es penoso asistir impotentes al desperdicio de vidas solo con fines mediáticos e ingerencias.
La respuesta militar rusa no dejó lugar a dudas y les recordó a los militaristas occidentales que la fuerza debe se utilizada realmente para mantener la paz, pero Moscú se niega a dialogar con Shaakashvili por considerarlo un genocida.
Ahora debe prevalecer la alerta, pues no se puede asegurar que el cántaro haya comprendido que con tantos viajes a la fuente, pueda terminar en pedazos… como el mundo.
Rodolfo Zamora Rielo



















































































