blog de Rafael Bautista S

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Bolivia: La conciencia de la paciencia

"Hay dos modos de conciencia, una es luz, otra paciencia. Una estriba en alumbrar un poquito el hondo mar; otra, en hacer penitencia con caña o red, y esperar el pez, como pescador. Dime tú: ¿cuál es mejor? Conciencia de visionario que mira en el hondo acuario peces vivos, fugitivos, que no se pueden pescar, o esa maldita faena de ir arrojando a la arena vuestra los peces del mar" -Juan David García Bacca-

Después de la marcha y su consecuencia: la ley del referéndum por lanueva constitución; es preciso que pensemos el nivel estratégico.Porque si la percepción del acontecimiento acaba tiñéndose deexitismos o derrotismos (que se derrotó a la derecha o que setraicionó al pueblo), la potencia del acontecimiento puede acabar enimpotencia. El problema de esa percepción es que, en ambos casos, lapraxis misma se anula: se cree que todo está acabado.

Sinpotenciamiento del proceso el horizonte se desvanece. El pueblo sedispersa y crea las condiciones para su reinserción, por subsunsión,en el sistema político; que, de ese modo, se reproduce por una nuevalegitimación: el vacío provoca asirse a lo que sea.

La marcha parece establecer el ritmo de los cambios. El tiempopropuesto no es todavía el tiempo de la restauración sino el tiempodel "apthapi". Frente a todos los agoreros que tratan de hundir el acontecimiento en la frustración, hay que señalar lo siguiente: salir del enfrentamiento no significaba el triunfo absoluto.

Había que ceder. Lo cual no es conceder. Ceder, como decía el canciller Choquehuanca, es entender. ¿Qué teníamos que entender? Que esta revolución (democrático-cultural) es una revolución de lo que entendemos por revolución: una nueva política tendrá que transformar, necesariamente, la política misma, así como la nueva democracia deberá democratizar la democracia conocida.

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Bolivia: Un proceso amenazado que crece

Se dice que todos retornan a su origen de clase. El retorno quiere decir el devolverse al origen del cual uno es lo que es. Pero hay que agregar lo siguiente: un tipo de extracción genera un tipo de subjetividad.

Esto quiere decir: el modo de acumular riqueza es el modo que constituye, en definitiva, al individuo. Entonces, la acumulación no es fútil, pues constituye el modo de ser del que acumula.

Y lo constituye para siempre; de modo que, en este caso, cambiar significa cambiar el modo de acumulación, renunciar a ser lo que se ha sido: optar por una nueva forma de vida.

Uno da lo que tiene, y si la oligarquía sólo sabe dar violencia, entonces es violencia lo que constituye su forma de vida. Es como una enfermedad crónica que requiere un cambio en los hábitos: cambiar de forma de vida.

Pero sucede que, en muchos casos, es el enfermo quien se resiste a aceptar su condición de enfermo, y esa resistencia es el causante del empeoramiento de su situación.

Ante una sociedad enferma espiritualmente, se requiere algo más que la audacia política. Es parte de nuestro cuerpo que se resiste a cambiar y que nos arrastra, en su resistencia, al malestar.

Pero comprendamos el origen del actual malestar que enferma a nuestra sociedad. Por lo general se cree que la acumulación originaria del actual capital del oriente (y su foco radical: la oligarquía cruceña) radica en la extracción de goma o azúcar, la ganadería o la agroindustria, etc.

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Bolivia: El referendum

Si toda la discusión sobre el referéndum se reduce a si es legal o no, si soluciona la crisis o no, lo reducido es, en última instancia, el referéndum mismo.

Si la derecha imprime su sesgo a la agenda de la discusión intelectual, entonces la izquierda sólo puede responder de modo defensivo, entonces acontece la superficialidad del asunto: yo soy más democrático y tú no, tú eres más autoritario y yo no.

Como sea, el yo es aquel que siempre tiene la razón: la verdad se vuelve propiedad de alguien. Y este sinsentido lo promueve precisamente aquel que no sólo promueve la anarquía institucional sino propicia, también, el desconcierto intelectual. En esa trampa se mete la izquierda cuando sigue el guión que establece la derecha.

Es evidente la negación de la derecha a medir su legitimidad de modo real; no sólo porque está acostumbrada a inventarla sino porque eso significaría reconocer la soberanía real que posee el pueblo, que es, en última instancia, el lugar donde radica la legitimidad, el poder y la soberanía.

La derecha acostumbra a expropiar la delegación política que recibe del pueblo, por eso nunca rinde cuentas y se ríe de cambiar aquello; cree que la legitimidad la da la usurpación del poder que practica. Por eso su negación es coherente con aquella expropiación sistemática que practica.

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La Política Imperial de feudalización global

El fin del sistema unipolar obliga al imperio a rematar su decadencia con políticas de “solución final”; las cuales, lejos de representar “solución” alguna (como el holocausto alimenticio mundial), no hace más que acelerar la tendencia suicida del neoliberalismo (alimentado decididamente por el fundamentalismo cristiano gringo).

El fracaso del control mundial de los hidrocarburos (según Kissinger y Brzezinski el control de los hidrocarburos euro-asiáticos significaba el control mundial) le obliga a descubrir sus opciones, cada vez menores, pero más peligrosas. Perdida la hegemonía gringa, le resta ejercer su poder despótico, el cual no sólo destruye países como Yugoslavia o Irak sino su propia economía y, lo que es peor, la economía mundial. Aparecen opciones demenciales que dan cuenta de una pérdida de sentido, obnubilada también por una constante en la política moderna: el afán de poder y riqueza.

Afán congénito de un proyecto que nace con la invasión del Nuevo Mundo.

En 1760 el jefe ottawa Pontiac logró reunir a las naciones Anishinabe, Miami, Seneca, Lenape, Shawnee, Huron, y otros, en contra de los británicos: “sólo hay un propósito: exterminarnos; sólo una respuesta: la unión ante enemigo tan poderoso”; esta unión (que resiste la invasión inglesa por casi una década y demuestra que fueron siempre los indios el ejemplo que las independencias criollas continuaron) tomó el carácter de una confederación, similar a la primera democracia de América: la confederación de las naciones Onondaga, Oneida, Mohawk, Seneca y Cayuga (donde aparece una legislación envidiable aun hoy en día, de convivencia política en la diversidad y el respeto mutuo, en gran parte inspirada por aquel legendario líder Huron más conocido como “el Gran Pacificador”), la confederación de los Haudenosaunee o pueblos iroqueses (modelo que Benjamin Franklin propone como el modelo a seguir para la constitución futura de los “Estados Unidos de América”).

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Bolivia: ¿Qué hay detrás del autonomismo?

Si el 4 de mayo aparece como un ultimátum, conviene aclarar qué es aquello que provoca semejante intimidación. Sostener una oposición a los "estatutos" por su ilegalidad es oponerse sólo a la forma; una oposición por su ilegitimidad va más allá, pero aun no logra desentrañar aquello que digita aquel ultimátum.

Es decir, para estar en contra de algo, hay que estarlo por las razones correctas; las demás imputaciones son meros adjetivos que se suman al alud de observaciones que se tenga: el cómo y el quién son parte del escenario, pero lo fundamental es siempre el por qué. Entonces, ¿qué hay detrás del autonomismo? Porque lo que se nos presenta es una apariencia, es decir, hay algo que se oculta. Conviene aclarar que el "ismo" es aquello que delata a este discurso.

Si bien la autonomía tiene raíces en demandas indígenas de larga procedencia (en cuanto autodeterminación de los pueblos, reivindicación histórica que busca recomponer y restaurar formas de vida truncadas por la colonia y la republica), el discurso "autonomista" aparece operando una transformación semántica en el concepto; se invierte el sentido original: aquello que operaba una demanda histórica es cooptado para justificar y legitimar la recomposición en el poder de una oligarquía emparentada al capital transnacional.

Se trata entonces de un rapto. Son las propias banderas de lucha de los oprimidos las que se usan para recomponer la hegemonía descompuesta del elitismo político y cultural del sector más reaccionario de este país.

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Bolivia: Radiografia del conflicto

El pecado consistía en cumplir las promesas. Es lo que la oligarquía boliviana (sobre todo la cruceña, la más beneficiada, después de las transnacionales, del robo de nuestras riquezas, en el periodo neoliberal) no le perdona a Evo Morales. Porque eso demuestra que las promesas sí pueden cumplirse. Por eso los prefectos fascistas quieren ver al Evo de rodillas, porque cada palabra del indio les desenmascara. Por eso el asesino y el agresor se amparan en la mentira y, desde allí, persiguen la verdad para asesinarla.

“Para el gobierno el conflicto era inevitable. Cometió muchos errores, pero el hecho de haber asumido el conflicto, constituye su grandeza”. Así expresaba Franz Hinkelammert refiriéndose al gobierno de la Unidad Popular, cuando el golpe de Estado, orquestado por la CIA, destruía la democracia y el Estado de derecho y, en nombre de ellos, instauraba un régimen de terror (que fue el adoptado en nuestro país para destruir el Estado e imponer, vía “vuelta a la democracia”, un modelo pensado para “desarrollar” nuestro subdesarrollo).

La “operación quirúrgica”: “cortar de raíz el cáncer del comunismo”, consistía en “extirpar” todo proyecto de liberación, a sangre y fuego, para reordenar nuestras sociedades en torno al “american way of life”; de modo que, sin necesidad de intervenirnos después, seamos nosotros mismos quienes realicemos los deseos de los gringos, del modo más eficiente posible.

Para Allende y la Unidad Popular el conflicto era inevitable. Si no lo asumía, probablemente habría sobrevivido a su periodo de gobierno, pero al precio de haber renunciado a transformar su propio país: la redistribución de la riqueza significaba tocar los intereses de la burguesía (que ve en eso un atentado a su vida, cuando en realidad no es más que un recorte a sus excesivos apetitos). Se habría esterilizado a sí mismo en el reformismo y habría quedado en la anécdota como otro gobierno más que prometió lo que no supo cumplir.

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Bolivia: Cronica de una insurreccion señorial

Como en el Chile de Allende, les queda el golpe, auspiciado siempre por la embajada gringa (el nombramiento del embajador Goldberg es estratégico; se dice que este fue uno de los artífices de la desmembración de la ex Yugoslavia), que es lo que viene después de toda esta antesala de conflictos digitados desde las prefecturas, los comités cívicos, las universidades, y gozando siempre con ingentes cantidades de dólares que se reparte adonde se pueda comprar conciencias para acentuar más los conflictos.

Una oligarquía que ve seriamente resentida su hegemonía, acude primeramente a recomponer esta de modo discursivo; es decir, retóricamente busca recomponer su hegemonía cooptando a su favor una situación revolucionaria.

Subsumiendo el discurso revolucionario (que cuestiona explícitamente la dominación y la injusticia) subsume toda crítica y la instrumentaliza para perfeccionar de mejor modo su dominación. Cuando el discurso revolucionario queda atrapado en los esquemas conservadores entonces asistimos a una recomposición de la hegemonía dominante.

La nueva situación y las nuevas perspectivas se diluyen en la aceptación inevitable de lo establecido; toda esperanza queda aplazada y las utopías son denunciadas desde el realismo cínico del beneficiario de la dominación. Por eso las oligarquías salen siempre de sus crisis robando a los oprimidos sus banderas de lucha y apareciendo después como sus redentores.

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La revolucion democratico-cultural

“A las abuelas y abuelos de Bolivia y a la renta vitalicia de dignidad”

Un tiempo revolucionario es un tiempo abierto. Es un tiempo de creación. Pero es creación humana, como el parto; donde se experimenta dolor e incertidumbre, pero, también, esperanza.

Lo que sostiene el peso de la existencia es siempre la esperanza. Sin esperanza no hay modo de hacerle frente a la adversidad; esto es lo que manifiestan los pobres, cada día que deben de enfrentar un mundo que les oprime y, al cual, sólo es posible enfrentar por el ejercicio de la fe.

Esa fidelidad trascendental es la que los levanta cada mañana para seguir luchando por los suyos. Cosa que no sabe asimilar el rico, porque este sólo sabe planificar sus aspiraciones desde la interesada defensa de su seguridad. Por eso es legalista. Porque él es partícipe de una ley que asegura sus posesiones; porque esa ley formaliza y normativiza una forma de vida que privilegia a unos cuantos a costa de los muchos.

Por eso no es raro que los ricos de este país peguen el grito al cielo cuando se les pide compartir algo que, para colmo, no es suyo, pero defienden como su propiedad privada. Dicen los prefectos, cívicos y rectores que la ley les faculta los recursos que poseen, pero nunca recuerdan que fueron los pobres quienes lucharon por esos recursos (que vienen de los hidrocarburos, o sea, de la tierra).

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Anatomia del discurso neoliberal

 
La nueva ideología imperial no deja opciones, no hay lugar para la elección y, si no la hay, entonces no hay libertad; pero esta ideología se presenta en nombre de la libertad. En nombre de la justicia comete injusticia; en nombre de la verdad hace de la mentira "libertad de expresión"; en nombre de los derechos humanos los viola todos; en nombre de la democracia instaura dictaduras, etc. Es lo que aprendió del fascismo: "la verdad debe construirse a base de mentiras". Y a base de mentiras se sostiene una sociedad que gira en torno de una sola creencia: el dinero

"Si Yo digo al malvado 'vas a morir'y tu no le amonestares para retraerle de sus perversos caminos para que viva él, el malvado morirá en su iniquidad, pero te demandaré a ti su sangre"Ezequiel 3:18

Cuando la oligarquía dice "defender la democracia", hay que precisar qué hay detrás de esa consigna. Porque las palabras no siempre dicen lo que dicen, más aun cuando se encubren en un discurso democrático para justificar precisamente lo contrario.

Las apariencias no sólo cubren sino que ocultan; es el lobo que se viste con piel de cordero. Pero cuando la apariencia es la propia bandera de lucha, entonces asistimos no a una simple sustracción sino a un rapto.

Pero el rapto, en este caso, no es cualquier rapto. En la historia de los raptos, sucede una instancia paradigmática, donde se percibe la naturaleza de la enajenación: cuando el precio del rescate no es en ningún modo unatransacción, sino la estrategia para tenerlo todo.

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La cara fascista de la democracia liberal

 
 
La defensa de la democracia liberal es, en definitiva, la aniquilación de toda alternativa; su cara fascista aparece cuando ya no logra hegemonía y cuando se rearticula en torno a un solo objetivo: acabar con toda alternativa.

"Resistirán con todas sus fuerzas y cuando se sientan incapaces de resistir,invocarán los grandes intereses extranjeros y apelaran de nuevo a la intervención" (Andrés Molina Enríquez)

Examinar la democracia supone sacarla de su entrampe moderno-occidental (de su versión liberal, entre otras cosas); esto es, evaluarla desde sus propios postulados, desde lo que ella misma promete: libertad, igualdad, fraternidad. La democracia liberal se expande bajo estos ideales, pero lo que fácticamente produce es todo lo contrario.

Nuestras republicas también son abanderadas de estos ideales y, también, como por inercia, producen lo contrario. Bolivia, como república (expresada en su constitución, también  liberal), promete, del mismo modo, lo que ha de ser incapaz de producir.

¿Por qué? Cuando se estudia la democracia en términos formales, es decir, describiendo el concepto, lo que se ve es lo poco que dice lo redactado, la letra muerta. Una desconstrucción histórica puede más; porque los conceptos son históricos y condensan formas de vida que, por abstracción, se formalizan; el error de nuestros cientistas sociales consiste en adoptar conceptos como entidades acabadas y universales, que valen para todo tiempo y lugar (como si la realidad fuese plana y no cambiara, reduccionismo cientificista, y como si toda adopción fuese inocente), sin previa reflexión de la constitución histórica del concepto, es decir: qué clase de sociedad produjo tal concepto y, por tanto, qué clase de problemas justificaban esa producción.

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