Revolución: prioridades, metas y ritmos

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En América Latina las revoluciones del siglo XXI no son evitables, aunque tampoco letales; la violencia no forma parte de sus exigencias y sus líderes preferirían el consenso a la confrontación. Por esta vez no hay manera de ocultar que el radicalismo procede de la oligarquía y de las burguesías dependientes del imperio americano que, además de reaccionarias, son insensatas.

No se trata sólo de que con el progreso y la ilustración, por mínimo que sea, la gente se hace más tolerante y menos proclive al odio y a la venganza, sino de que, como parte de esos mismos procesos, con unos cien años de atraso, los sistemas políticos latinoamericanos han evolucionado lo suficiente como para, en algunos casos, propiciar el acceso electoral al poder de fuerzas renovadoras.

Surgidos a mediados del siglo XIX cuando en Europa predominaba el capitalismo salvaje, los partidos socialdemócratas, demócrata cristianos y socialistas europeos, de matriz inequívocamente marxista, inscribieron en sus programas las más importantes reivindicaciones obreras, entre ellas: jornada de ocho horas, eliminación del trabajo infantil, el desarrollo de sistemas de instrucción y salud pública y seguridad social, el sufragio femenino, el laicismo y la libertad de cultos, así como otras demandas políticas y sociales avanzadas.

Aquellas tendencias no fueron monolíticas y sus lideres no lograron ser siempre coherentes y, rápidamente, fueron absorbidos o condicionados por el desarrollo del imperialismo. Tampoco los comunistas, ideológicamente más consecuentes y teóricamente mejor equipados, pudieron evitar ser parte de las políticas aplicadas por la Unión Soviética y Stalin, circunstancias que, lejos de promover la cohabitación de fuerzas en aras de los intereses de las luchas populares, crearon estamentos al interior de la izquierda.

No obstante, la rudeza de aquellas desavenencias que a veces eran tan antagónicas como las contradicciones con los enemigos de clase, las circunstancias y las exigencias de la lucha antifascista, especialmente contra la ocupación nazi, prevalecieron por encima de prejuicios teóricos y de elucubraciones dogmáticas.

De muchas maneras, en Europa occidental se forjaron alianzas entre comunistas, socialistas, socialcristianos, radicales y otras denominaciones políticas que en Francia, Italia, España, Bélgica, Austria, Gran Bretaña y otros países, convirtieron a la izquierda en una fuerza electoral formidable y bajo cuya influencia, como conquista del movimiento encabezado por la izquierda y no como dadiva, se gestaron los estados de bienestar, que fueron genuinas conquistas populares.

Las ideas de que por pensar diferente alguien es un revisionista, que un reformista es un adversario o de que por ser menos radical se hacen concesiones al enemigo de clase y de que las alianzas son signos de debilidad, pertenecen al pasado.

En 1953, en plena Guerra Fría, sin pronunciar nunca la palabra izquierda, alertado por una intuición unitaria que lo acompañó toda la vida, Fidel Castro, forjó con los asaltantes al Moncada y con los combatientes del Ejército Rebelde, el más plural e inclusivo movimiento político en toda la historia cubana, libró una guerra revolucionaria “generosa y breve”, alcanzó el triunfo e impulsó la más profunda de las revoluciones latinoamericanas, que fue a la vez, la más unitaria y menos sectaria.

Fidel no necesitó invocar ninguna premisa teórica o doctrinaria, ni citar a ningún clásico para formular un programa que, a la vez que resolvía los más graves y decisivos problemas estructurales de la sociedad cubana de entonces, servía de ancha plataforma para dar cabida en ella a todas las fuerzas sociales interesadas en el progreso del país, incluso en su propio progreso.

Asombra todavía la lucidez en un joven de 27 años, preso, con riesgo inminente para su vida, en el juicio donde se le juzgaba por los sucesos del Moncada, levantó banderas cuya vigencia en los procesos políticos de la América Latina de hoy son absolutas:

“El problema de la tierra, el problema de la industrialización, el problema de la vivienda, el problema del desempleo, el problema de la educación y el problema de la salud del pueblo; he ahí concretados los seis puntos a cuya solución se hubieran encaminado resueltamente nuestros esfuerzos, junto con la conquista de las libertades públicas y la democracia política”.

Para comenzar no es poco y son reivindicaciones apropiadas para evadir la confrontación y construir un amplio consenso, aceptable para todas las fuerzas sociales, corrientes de pensamiento y entidades políticas interesadas en el progreso del país y el establecimiento de la justicia social. Ningún esfuerzo para unir es poco y las opciones maximalistas no suelen ser realistas.

Jorge Gómez Barata

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